Un padre ejemplar

La historia trata del equipo Team Hoyt compuesto por un padre llamado Dick y su hijo Rick que desde el nacimiento de este han corrido juntos 958 pruebas deportivas (Triatlones, duatlones, maratones, medias maratones, etc). Solamente por esa cantidad ya es una gran proeza pero la verdadera dificultad y lo que hace de esto una historia conmovedora es que Rick es disminuido físico.

Rick Nació en 1962. Durante el nacimiento hubo una complicación y el cordón umbilical se enrolló en su cuello provocándole la asfixia. No murió pero quedó en estado casi vegetativo, sin posibilidad de moverse. Sin embargo su cerebro no fue afectado, pudiendo comunicarse con una máquina.

Una de las pruebas mas duras e importantes que han corrido juntos es la Triatlón Ironman realizada en Hawai, la mas dura de todas, que consiste en realizar 3.800 metros nadando, 180 kilometros en bicicleta y 42,2 km corriendo, en un tiempo máximo de 17 horas. Pues bien, Dick Hoyt (68 años) y su hijo Rick (46 años) han realizado ya 6 Triatlones Ironman, para ello cuando Dick nada, él va en una barca inflable arrastrada por su padre con un arnés en la cintura, en la bici él va en un asiento colocado en la parte delantera, y para correr, Rick va en una silla de ruedas adaptada a la carrera y empujada por su padre.

Por si fuera poco, a sus 68 años y tras haber sufrido un paro cardiaco, Dick quiere realizar la septima carrera con su hijo, pese a que el médico le ha dicho que podría morir si lo intenta.

Lo mejor de todo es ver como Rick disfruta mientras realizan las diferentes pruebas, es algo increible.



Aprende a perdonar

¿Acumulas resentimientos y tu espiritu experimenta depresión? No ser franco con tu pareja, es la chispa que hará estallar tu relación.

Quizás pierdas a un amigo… o al amor de tu vida. Hablar a tiempo te ahorrará muchos sinsabores

Cuando en una relación tu pareja te ofende y no se lo dices, es como si fueras guardando los malos detalles en un “costalito” al más puro estilo “Santa Claus” solo que tu cargamento no es tan emocionante de llevar ¿verdad?

Tu cargamento de rencores y resentimientos lo cargas a tus espaldas… ¡Eres un tonto! y va a tu costal…

Llega tarde a la hora a la que tú la citaste, estás que hierves como olla express por dentro

“¿que se ha creído?” y cuando te pregunta “¿estas enojado(a) mi amor?” y tu le respondes con un coraje mal disimulado “no mi amor, no te preocupes…” ¡Es otra más a tu costal!

y para no hacerte larga la historia, después de un ciento de “detallitos”, tu pareja llega contigo y te dice en plan de broma

“Que, ¿Estás de malas?” y paaass también lo avientas a tu costal, pero ya lo tienes lleno, ya no lo puedes soportar…

¡y pooom! le azotas en la cara todo…si… todo lo que tenías guardado, acumulado de mucho tiempo…

¡Te has convertido en un León rugiente! tu novio(a) sorprendido y ofendido te responde “¿¿¡¡Sólo por eso te molestas!!??” y le sacas toda la lista de navidad… ¿Y tu creías que no te afectaba tolerar pequeñas cosas de tu pareja?

¿Moraleja? No te guardes nada. Dile a tu novio(a) lo que sientes y no te gusta. Hazlo con tacto pero con claridad ¡Tira tu costal!

Que no haya ningún lugar en el que tu guardes rencores. Siempre exprésale a tu pareja lo que sientes.

Al fin y al cabo un noviazgo se basa en una relación de armonía y comprensión mutuas.

Y si tu amor no te escucha ni acepta lo que le dices, no puede ser tu pareja duradera y es mejor que lo sepas a tiempo.

Mateo 6:14 “Porque si perdonas a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial”.



Los Mejores años?

¿Los Mejores años? Dicen que la nostalgia es una de las características más notorias de nuestra época. Abundan las radios que emiten canciones de otras décadas “más felices”, se reciclan viejas maneras de vestir, y los elementos que ayer se descartaron vuelven hoy a resurgir, packaging colorido y adelantos tecnológicos de por medio.

 Un año atrás me encontré con un amigo al que no había visto por mucho tiempo y aproveché la ocasión para conversar sobre el rumbo que habían tomado nuestras vidas desde la adolescencia. Inevitablemente la charla desembocó en los buenos recuerdos de aquellos tiempos especiales de la juventud que jamás volverán a repetirse. Con esta mezcla de emociones, fuimos arrastrados por la nostalgia a verbalizar la frase más triste que un ser humano puede decir: “todo tiempo pasado fue mejor”.

Luego, algunos meses después, otro amigo me llamó para contarme su decepción por el trato recibido en cierta empresa que acababa de dejar, concluyendo su queja con las siguientes palabras: “¿Sabés lo que ocurre? Allí invertí los mejores años de mi vida”.

Estas experiencias, y otros diálogos que mantengo habitualmente con personas de diferentes edades, me hicieron caer en la cuenta que una de las mayores amenazas para el progreso y la maduración de una persona es considerar su vida actual sólo a la luz de los acontecimientos positivos aislados de su pasado, dejando en segundo plano el contexto en que se llevaron a cabo y anhelando revivir esa época “color de rosa”.

Es cierto (aunque no en todos los casos) que nuestro desarrollo como seres humanos goza de un período de aparente libertad en cuanto a responsabilidades y compromisos en la vida social (etapa que en nuestro tiempo se extiende mucho más allá de la pubertad). Pero el hecho de estar “enrolado” activamente en los requerimientos de la vida adulta no es ninguna excusa para sentirse fracasado o “esclavizado”. Todo lo contrario: se abre un camino único hacia la proyección, la afirmación y la realización del ser interior.

Dios dice en la Biblia: “Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Me hallarán cuando me busquen, si me buscan de corazón” (Jer. 29.11, 13). Los mejores años son aquellos en los que decidimos experimentar la verdadera satisfacción que produce felicidad y claro sentido de pertenencia: Dios en nuestras vidas. Por eso, deshágase del melancólico borrador de su vida y anímese a dar los primeros trazos del proyecto más fabuloso: ¡vivir en plenitud!

Archivado en: Reflexiones Cristianas


Un Regalo Especial

regalosDesde la muerte de su padre tres años antes, la familia de Roberto había luchado por subsistir. A pesar de los esfuerzos de su mamá, nunca había suficiente para todos. La pobre mujer trabajaba el turno de la noche en el hospital, pero lo poco que ganaba no le alcanzaba para más que lo estrictamente necesario.

Lo que le faltaba en lo material a la familia de Roberto, lo compensaba en amor y unidad familiar. Tanto sus dos hermanas mayores como su hermana menor ya le habían hecho a su mamá un lindo regalo de Navidad.

«No era justo», pensaba Roberto, que tenía apenas seis años de edad. Ya era Nochebuena, y él no tenía absolutamente nada que darle a su mamá.

Procurando contener las lágrimas, se encaminó hacia la calle donde él había visto tiendas. Pasó por una tienda tras otra y contempló las vidrieras decoradas. Cada una mostraba regalos que él jamás podría comprar.

Al caer la noche, Roberto se dio vuelta, cabizbajo, para volver a casa, y notó de pronto el reflejo del sol poniente en una moneda que brillaba en la acera.

¡Nadie jamás se sintió tan rico como Roberto al recoger esa moneda!

Con su nuevo tesoro en la mano, entró alegre en la primera tienda que vio. Pero su ánimo decayó tan pronto como el vendedor le explicó que allí no podía comprar nada con una sola moneda.

Así que fue a una florería que vio en frente, e hizo cola detrás de unos clientes. Cuando le llegó el turno a Roberto, el dueño del establecimiento le preguntó.

—¿En qué puedo servirle, jovencito?

Roberto le mostró la moneda y le preguntó si eso le alcanzaba para comprar una flor para su mamá como regalo de Navidad. El comerciante lo miró con ternura, se agachó para estar a su nivel y le dijo:

—Espera aquí un momento, que voy a ir a ver si hay algo que pueda servirte.

Ante el asombro de Roberto, el dueño regresó al rato con una docena de rosas rojas con hojas verdes y florecitas blancas atadas con un lindo lazo plateado.

—Ahora sí me puedes dar la moneda que tienes en la mano, jovencito —le dijo el hombre—. Imagínate que tenía estas rosas a un precio rebajado, ¡la docena por una sola moneda! ¡Menos mal que llegaste a tiempo para comprarlas; si no, nadie hubiera aprovechado esta magnífica oferta!

Roberto le dio las gracias y le pagó, dando saltos de alegría por dentro. El hombre le abrió la puerta y, mientras el emocionado niño salía con su docena de rosas, le dijo: «¡Feliz Navidad, hijo!»

Más tarde el conmovido dueño le contó a su esposa lo sucedido:

—Esta mañana, antes de abrir el local, percibí como que una voz me decía que apartara una docena de mis mejores rosas para un regalo especial. No sabía por qué, pero lo hice. Luego, antes de cerrar, un niño entró con la intención de comprarle a su mamá una flor con una sola monedita. Ese niño era como yo hace muchos años. Yo tampoco tenía nada con qué comprarle un regalo de Navidad a mi madre. Pero un desconocido me vio en la calle y me dijo que sentía que debía darme dinero. ¡Era más que suficiente para comprarle un regalo a mamá!

»Cuando vi a ese niño esta noche, supe de Quién era esa voz, así que fui y le arreglé aquellas rosas.

Lo cierto es que el dueño de aquella florería las estaba arreglando para Jesucristo mismo, el que cumplía años. Pues fue Cristo quien dijo:

«Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí.» Mateo 25:1.

Hermano Pablo.



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